Nueva derecha, proscripción y (re) construcción de la unidad

01 de enero, 2023 | 00.05

Cristina Kirchner acaba de precisar su situación: no se autoexcluye, sufre una proscripción. Es decir, la libertad política está sufriendo un golpe inédito en la democracia recuperada después del fin de la dictadura cívico-militar. Sería un ejercicio interesante, para quienes compartimos el juicio de la vicepresidenta, el intento de sacar conclusiones de ese dictamen. 

El gran antecedente histórico remonta a la caída del gobierno de Perón y el comienzo de una larga saga de prohibiciones y persecuciones contra las fuerzas populares; historia que, comenzada en 1955 y fugazmente interrumpida en 1973-76, solamente terminó con la elección de 1985 y el retorno de la vigencia de las instituciones democráticas. Es toda una tradición política la que en el país reivindica la lucha por la igualdad como una condición necesaria para cualquier régimen de convivencia que se declare democrático. Se trata ni más ni menos que del acercamiento real a una Argentina democrática; sin ese requisito la democracia termina debilitándose y fracasando. 

Sin embargo, existe un fenómeno nuevo en la Argentina de estos últimos años. Se trata del avance de un modo de pensar el país que había sido, durante una larga etapa histórica, patrimonio de las minorías, de las élites sociales. Ese fue el triunfo histórico del peronismo, lo que permitió que la representación peronista del pueblo se convirtiera en el eje básico alrededor del cual se organizaba la disputa política. Hoy la representación popular atraviesa un nuevo andarivel, está amenazada por la presencia de un fantasma que hasta hace poco era difícil de pensar en el país. Se trata de una ideología “meritocrática” que atraviesa las clases y los sectores sociales. “El progreso es el hijo del esfuerzo”, “así pudieron asentarse en este suelo nuestros abuelos”, “el enemigo no es la desigualdad, sino la vagancia”, para culminar con el clásico ejemplo de los países noroccidentales que habrían alcanzado posiciones dominantes a causa de su intolerancia ante la vagancia. Absurdo, pero así se dice. 

No es que esta forma de razonamiento no existiera en otras épocas; no consiste en eso la especificidad del presente, sino en la pretensión hegemónica que ese sujeto social y política ha asumido en nuestro país. Esa es la base material e ideológica del fenómeno de la nueva derecha argentina. En la campaña de Macri en 2015, la derecha selló su regreso triunfal a la escena política: desde 1916 con el triunfo de Yrigoyen no existía la experiencia de una fuerza de derecha competitiva en términos electorales. Desde entonces, desde su convención de Gualeguaychú, la UCR que era la expresión electoral de la disputa con el peronismo quedó en la condición de aliado secundario del nuevo conglomerado conducido por la derecha.

A partir del triunfo de Macri cambiaron los términos de la disputa política en Argentina. La derecha ya no se refugia en los sectores conservadores del radicalismo (o del peronismo como también sucedió más de una vez): da la pelea política desde el punto de vista “programático”, presenta su propio diagnóstico del “mal argentino”, aquel que, dicho sea de paso, asumía la iniciativa terminante con cada golpe de estado, deseado e impulsado por los más ricos y administrado por las fuerzas armadas. 

Hoy los argentinos y argentinas enfrentamos una nueva escena “una novedad dentro de la novedad iniciada en 2015”. Ya la retórica de la derecha no se oculta entre eufemismos “justicieros”, su palabra es dura, deja desnudo el cuerpo de su entero proyecto “civilizatorio”. La regla serán los méritos y su escala: no habrá más que en los márgenes lugar para la solidaridad social. Lo primero es “limpiar” las relaciones de trabajo de las regulaciones que pongan límite a la explotación: el límite serán las condiciones acordadas entre patrones y trabajadores, pero no colectiva y organizada en gremios, en discusiones paritarias y en derechos reconocidos: simplemente tratando cara a cara el empresario con su trabajador; “contrato libre y nada de corporación orgánica” que no hace más que impedir el desarrollo de las “fuerzas productivas”.

Claro que esto no es la primera vez que se auspicia en el país -las experiencias autoritarias tuvieron casi siempre ese sello ideológico. Pero su éxito estaba habitualmente sostenido por una fuerte estructura represiva y hasta por formas de terror de estado y de los propios grupos económicos empoderados por ese terror. Capítulo aparte merece el tiempo de la “convertibilidad”; su especificidad tuvo que ver, primero, con el recuerdo altamente traumático de la hiperinflación en el final del gobierno de Alfonsín y en el comienzo del de Menem y después con el festival del remate del patrimonio público que debilitó gravemente el tejido productivo del país, pero permitió tener durante un tiempo los dólares necesarios para que persistiera el “milagro” de los pesos convertidos en moneda norteamericana. 

El punto en el que está la coyuntura política argentina es el punto resolutorio de una nueva gran etapa del antagonismo político argentino, el que está marcado desde 2008 por la rebelión de sectores de productores y de grandes corporaciones exportadoras de alimentos. Derrotado en aquella ocasión el gobierno de Néstor Kirchner por la sublevación sostenida en los oligopolios mediáticos, a la salida del conflicto Argentina asistía a la conformación de dos bloques sociales radicalmente antagónicos. En aquel momento la derecha no tenía una representación político-electoral competitiva. Ese es el punto en que la entonces solitaria presencia del macrismo en la ciudad capital pasó a constituirse en el actor político central del hemisferio “no peronista”.

Parece exagerado recurrir a esta historia para explicar nuestro drama político de hoy. Y sería de muy difícil manejo un discurso que pretendiera a la vez sostener la condición luminosa de un proceso como el que abrió la elección de 2003 y, al mismo tiempo, reconocer su recorrido real, independiente de las apelaciones emocionales que jalonan este período histórico.  Sin su concurso no habría surgido un fenómeno como el kirchnerismo en el interior de un peronismo que ya había pasado por la experiencia “renovadora” y la menemista. Experiencias diferentes entre sí en varios aspectos importantes, pero caracterizadas ambas por su intento de convertir al peronismo en un “partido normal”, es decir de terminar con el “hecho maldito” que proclamara Cooke. 

Hoy el hecho maldito ha reaparecido. Como había ocurrido en los tiempos de Cooke, esa condición solamente se le reconoce en plenitud en tiempos de declive o de derrota. Entre 2003 y nuestros días hay una historia muy interesante, muy profunda, muy digna de ser analizada y estudiada. Porque esa saga sigue siendo un parteaguas histórico, sin el cual no podemos explicarnos nuestro presente y menos aún los tiempos que vienen. El presente es el emergente de un triunfo electoral -el de 2019- sostenido fuertemente en el valor simbólico y práctico de la “unidad del peronismo”. Ahora bien, esta premisa está sometida a una dura prueba práctica: lo que funcionó muy bien en términos electorales hace cuatro años no funcionó como garantía de un gobierno que esté efectivamente unido en términos programáticos, políticos y tácticos. Para algunos es necesario “replantearse el tipo de unidad”, forma elíptica de trazar un límite interior en la coalición que con desgraciada frecuencia adopta la forma de cierta “guerra interna”, cuyo horizonte no podría ser otro que la división. Tampoco sirve la simple exhortación a la unidad con prescindencia de la necesidad de que la unidad se exprese en un programa, en un rumbo explícito al alcance de todos los actores de esa unidad. En el programa, en la promesa de rumbo sería lo mejor que queden adentro todos sus actuales componentes o, por lo menos la parte sustancial de ellos. Porque no sería una discusión programática abstracta sino una dirigida a señalar un rumbo concreto para el país, audaz y a la vez tácticamente inteligente.

En el presente no hay demasiados síntomas de que se esté avanzando mucho en esa dirección. Y la urgencia del tiempo es muy evidente. En la afirmación de Cristina “no me autoexcluí, soy objeto de una proscripción” está estampado el dramatismo de este tiempo. Porque la eliminación de los derechos del adversario es el recorrido de un tiempo que ya vivimos. El tiempo en que le llamaba “democráticos” a gobiernos elegidos gracias a la proscripción de Perón. La proscripción de Cristina sería el punto que uniría el triunfo de la derecha con el retorno de la persecución política en nuestro país. Conviene no olvidar lo que sucedió cuando se convirtió en delito la marcha peronista. Se está a tiempo de evitarlo, pero no a “mucho tiempo”.

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