Taiwán: la línea roja de una poderosa China y el desafío de EE.UU en clave electoral

La titular de la Cámara Baja de EEUU, Nancy Pelosi, visitó la isla pese a la advertencia de Beijing, quien reaccionó lanzando "ejercicios militares" en la zona. Crece el temor a una nueva guerra, cuando los combates continúan en Ucrania.

02 de agosto, 2022 | 20.04

El mundo esperaba sacudirse la parálisis de la pandemia este año, pero la guerra en Ucrania y la lluvia de sanciones contra Rusia cambiaron los planes de todos. Ahora, cuando Estados Unidos y Europa buscan desesperadamente cómo convivir y frenar las consecuencias de su confrontación con Moscú, la autoridad con más poder del Congreso norteamericano desafió las advertencias de China y realizó la primera visita oficial de una funcionaria de su nivel a Taiwán en 25 años. Beijing eligió responder al gesto diplomático con uno militar, lanzó "una serie de operaciones militares conjuntas en torno a la isla de Taiwán". "Estas maniobras son un serio elemento de disuasión contra la reciente escalada de acciones negativas de Estados Unidos en la cuestión de Taiwán y una seria advertencia a las fuerzas 'separatistas' que buscan la 'independencia'", advirtió el vocero del Mando del Teatro de Operaciones Oriental del Ejército Popular de Liberación de China, el coronel Shi Yi, según el canal de televisión oficial chino CGTN. Pero esta rápida escalada no es un preludio de una nueva guerra. 

Cuando la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, aterrizó en Taiwán, la isla que China reclama como parte de su territorio y que Washington mantiene como un aliado estratégico en Asia, sabía que su presencia irritaría a China. El Gobierno de Xi Jinping lo había dejado claro. "Si la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, visita Taiwán, China tomará contramedidas firmes y decididas para defender su soberanía e integridad territorial", había alertado este lunes el vocero de la Cancillería Zhao Lijian. Sin embargo, la funcionaria norteamericana hizo un cálculo basado en la última gran crisis alrededor de la estratégica isla, en los 90, y con los ojos puestos más en la interna de su partido y la campaña electoral estadounidense que en la política exterior de su país. La respuesta de Beijing fue inmediata y clara: ya no son el mismo país que en 1997. 

El antecedente de los 90s

El 2 de abril de 1997, luego de una gira asiática que incluyó a China, el entonces presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, el republicano Newt Gingrich, hizo una última parada en Taiwán, una isla con un territorio un poco más grande que la provincia de Misiones, ubicada a solo 200 kilómetros de la costa sureste de la China continental. Entre costa y costa, se extiende el Estrecho de Taiwán, hoy de vuelta epicentro de la tensión. La visita oficial de Gingrich había sido precedida por un momento muy tenso: hacía apenas dos años, Beijing había realizado ejercicios militares alrededor de Taiwán y Estados Unidos desplegado su poder naval en la zona, como no se veía desde la Guerra de Vietnam. Además, China aún estaba negociando el fin de las sanciones impuestas por Washington como respuesta a la masacre de Tiananmen, cuando el Gobierno comunista reprimió la más grande protesta civil de su historia. 

El Gobierno chino se quejó por la visita y, como hoy, la calificó de una contradicción ya que, según repite una y otra vez, los acuerdos de 1978 con los que las dos potencias establecieron relaciones diplomáticas sostienen que Estados Unidos ya no reconoce al Gobierno de Taiwán como el legítimo Gobierno chino y, por lo tanto, no mantendrá vínculos políticos oficiales y se limitará a las relaciones culturales y comerciales. "Descubrimos que algunos líderes de Estados Unidos, incluyendo líderes del Congreso, a veces tienen declaraciones contradictorias. Nos dicen que no van a apoyar la independencia de Taiwán, que quieren una reunificación pacífica y que no interferirán en este tema", había dicho en ese momento el vocero de la Cancillería Shen Guofang. 

Pero la queja no fue más lejos. Ni siquiera detonó una crisis significativa.

Apenas tres meses después, Reino Unido y China concretaron sin problemas la entrega de Hong Kong, la región que hasta entonces era una colonia británica. Y siete meses después de la tensa visita de Gingrich, el entonces presidente chino Jiang Zemin viajó a Washington y se reunió con su par, Bill Clinton, y habló en el Congreso. El propio Gingrich elogió lo que calificó como "cambios" en el país asiático y sostuvo ante sus colegas: Beijing "no es el tipo de problema que enfrentamos con la Unión Soviética", según un artículo de la época del diario Los Ángeles Times.

Sus palabras surtieron efecto y el Poder Legislativo estadounidense decidió abandonar los esfuerzos por dar marcha atrás con la apertura económica y comercial con China que habían autorizado apenas unos años antes. El resultado final de este proceso fue el ingreso de lo que pronto sería la principal potencia asiática a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en diciembre de 2001. 

Otro mundo, otra China

"El contexto de 1997 no es comparable con el actual. Hace 25 años, China estaba saliendo de las sanciones de 1989 y 1990, se estaba desarrollando mucho pero aún era una potencia media. Hoy es una gran potencia tecnológica, económica y militar. Además, en los años '90 se vivía el auge del momento unipolar (como se conoce al mundo post Guerra Fría, cuando Estados Unidos era la única superpotencia). Estados Unidos no solo tenía una mayor preponderancia económica, militar y tecnológica, sino que además pesaba su autopercepción como líder unipolar, hegemónico", explicó a El Destape el doctor en Ciencias Sociales, profesor de Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Católica de Minas Gerais y especialista en China, Javier Vadell. 

"China utilizó la crisis de otra manera porque su posición era muy dependiente, buscaba entrar a los organismos internacionales y tenía una importante dependencia tecnológica para avanzar con su desarrollo. Por eso, la crisis derivó en una aproximación de los dos países. Hoy, China está en otra posición de poder. Muchos creen que iba a atacar (a Taiwán tras la llegada de Pelosi), pero ese no es su estilo. Tampoco lo es un bloqueo como el de Estados Unidos a Cuba. Las consecuencias de esta crisis no las vamos a ver de manera inmediata", continuó el analista. 

Otra diferencia importante entre 1997 y la actualidad, según Vadell, es la propia relación entre China y Taiwán, y la importancia estratégica de la isla: "El comercio entre China y Taiwán es totalmente dependiente de China, de una manera que en los '90 no pasaba. Las inversiones taiwanesas en el continente son enormes. Es muy asiático ese pragmatismo: podes tener un conflicto, pero los negocios se realizan igual. Pero Taiwán también tiene ahora un as bajo la manga que a Estados Unidos le interesa. Es líder en tecnología de microchips, una industria que tiene aspectos seguridad y civiles. En otras palabras, Taiwán juega un papel hoy en la frontera tecnológica que no tenía en 1997."

Pelosi: un tema personal y un momento electoral

En 1991, a dos años de la masacre de Tiananmen que terminó con un número nunca identificado de muertos -algunos dijeron decenas, otros cientos, otros miles-, Pelosi realizó una visita oficial como congresista a China junto con otros miembros del Congreso. El último día, en la misma plaza donde sucedió la represión en 1989, abrió junto a otros dos legisladores un cartel que rezaba: "A aquellos que murieron por la democracia en China". La policía rápidamente se acercó, les ordenó que se vayan y, a la prensa estadounidense que los acompañaba, los obligó a dejar de grabar. La hoy titular de la Cámara Baja del Congreso norteamericano sigue reivindicando esa protesta. 

La cadena británica BBC recordaba este martes que la posición crítica de Pelosi hacia la situación de los derechos humanos en China -no así con otros países o conflictos en el mundo- se mantuvo constante durante toda su carrera, aún cuando esto provocó cortocircuitos diplomáticos importantes para la Casa Blanca. En 2002, intentó sin éxito entregarle al entonces vicepresidente chino cartas en las que se pedía la liberación de presos políticos y, siete años después, hizo lo mismo con el entonces mandatario chino para reclamar por la excarcelación del activista Liu Xiaobo, quien en 2010 ganó el Premio Nobel de la Paz. 

Al aterrizar este martes, Pelosi publicó una declaración: "La solidaridad de Estados Unidos con los 23 millones habitantes de Taiwán es más importante que nunca ya que el mundo enfrenta una elección entre autocracia y democracia", una referencia que pareció hacerse eco a algunos de los últimos discursos del presidente Joe Biden en los que, intentando imprimir una épica histórica a su confrontación con Rusia tras la invasión de Ucrania, aseguró que el mundo estaba peleando una batalla por la libertad. 

Pero la rebeldía de Pelosi, como sucedió hace 25 años con Gingrich, no parece haber sido parte de una estrategia conjunta con la Casa Blanca. Tanto Biden como su Consejo de Seguridad Nacional habían dejado claro en los últimos días que apoyaban el análisis del Pentágono de que este no era el momento correcto para una visita oficial de alto nivel a Taiwán. Este lunes, incluso, el influyente diario británico Financial Times había retomado las palabras del mandatario estadounidense y había agregado: "La visita de Pelosi corre el peligro de ser vista como un acto de grandilocuencia que va a incendiar a Beijing sin mejorar la seguridad de los 24 millones de habitantes de Taiwán", sostuvo el editorial del medio, quien lejos de proponer una posición pacifista y de no interferencia sugirió que si Washington quiere reforzar su apoyo a la isla "aumente el suministro de armas" y "expanda el entrenamiento" militar a sus fuerzas. "Esas medidas, tomadas sin fanfarria, serían probablemente más efectivas que visitas de alto perfil pero en definitiva vacías", agregó el texto. 

En efecto, Pelosi no viajó a Taiwán para hacer un anuncio concreto ni se espera que su viaje sea la antesala a un giro en la política exterior estadounidense. Por eso, una posible explicación para la cruzada individual de Pelosi podría encontrarse más en el contexto electoral que vive Estados Unidos a tres meses de los comicios legislativos de medio mandato. 

Actualmente, el oficialista Partido Demócrata tiene mayoría en la Cámara Baja que lidera Pelosi y, aunque esperaba aprovechar el empate en el Senado para imponerse con el voto de la vicepresidenta Kamala Harris, la falta de disciplina de un puñado de senadores culminó en una seguidilla de fracasos para Biden, quien se derrumbó en las encuestas y arrastró con él a muchos referentes del oficialismo. Frente a un presidente que una mayoría de los estadounidenses perciben como débil e incapaz de enfrentar una inflación récord para el país, Pelosi aparece ahora como una dirigenta que no se achica frente a las amenazas del gran rival internacional de Washington, China, un presunto logro para algunos republicanos que la aplaudieron por ello. 

¿Una nueva crisis en el horizonte?

Pero más allá de cuál sea la motivación detrás de la decisión de Pelosi, lo que queda claro es que no incluyó en su análisis la posible reacción de una China cada vez más fuerte en un mundo multipolar en el que la hegemonía de Estados Unidos cada vez evidencia más límites, como demostraron los efectos que están teniendo en su económica y política interna la inédita lluvia de sanciones financieras y comerciales contra una potencia regional e integrada a la economía global como Rusia.

"Creo que va a provocar una crisis", sentenció Vadell, pero aclaró: "No esperemos nada intempestivo, no es el estilo chino. Su estilo es pensar, planificar a largo plazo y luego actuar". En el corto plazo, sin embargo, esta escalada podría influenciar sobre dos situaciones puntuales que enfrenta China, una de política interna y otra de política exterior.

En los próximos meses se reunirá el vigésimo Congreso Nacional del Partido Comunista Chino y se trata de una cita clave porque se elegirán las nuevas autoridades y el presidente Xi aspira a ser reelecto por segunda vez, algo inédito para el sistema que se instauró en 1949 en el país asiático. "Si había alguna duda en el Partido Comunista Chino sobre un mandato más de Xi Jinping, ahora no hay ninguna", sentenció el analista.

También concluyó que esta escalada con Estados Unidos reforzará la alianza entre China y Rusia, un vínculo que ya se había profundizado tras la confrontación de las potencias occidentales con Moscú en rechazo a la invasión a Ucrania: "Si faltaba algo para consolidar la alianza entre China y Rusia, fue esto."

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